La conquista del espacio ciclista

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (7 dic. 2011)

Hay gente que se aferra invariablemente a la condición de contar con un espacio exclusivo como única vía posible para conseguir que esto de la bicicleta sea posible en la ciudad. En esa estrategia se minimizan cuestiones como la seguridad, la circulabilidad, la discrecionalidad o la simple imposibilidad de disponer de dichos espacios.

Hasta ahora valía con cualquier cosa: unos metros en un trayecto aislado, una simple pintada, una trampa mortal, todo era bueno si asignaba un espacio a la bicicleta y era doblemente bueno si además lo señalizaba. Era una conquista y como tal representaba una recompensa para muchos que se habían desgañitado gritando consignas durante décadas. No se valoraba la necesidad, tampoco la mejora o empeoramiento de la seguridad, ni siquiera el problema que resolvía. Por supuesto no se miraba el presupuesto, ni mucho menos el coste de oportunidad y nunca, faltaría más, si respondía a algún plan de movilidad o cumplía algún tipo de criterio técnico contrastado por deficiente que este fuera. El fin justificaba los medios.

Así se fueron conquistando parcelas, corredores, segmentos, arrebatándoselos a los demás, mayormente a los peatones, poniendo en compromiso la seguridad de todos en los cruces y desquiciando el transitar de la gente en las calles y, sobre todo, en las aceras. Era una especie de guerra que se contaba por kilómetros en una carrera desorbitada como demostración única e inequívoca de que se estaba haciendo “ciclabilidad” como mayúsculas y que se estaba logrando algo esencialmente bueno para los demás, tanto, que se podía hacer incluso en perjuicio de los demás, de todos los demás.

Nombrar tan sólo una alternativa, criticar una actuación o reprobarla estaba considerado como una actitud retrógrada y mala: un pecado. Denunciar desatinos, proponer paralizar o desmantelar proyectos eran ya acciones “cicloterroristas” y estaban castigadas con la excomunión.

Eran los tiempos de los presupuestos descomunales, de las obras públicas, de las inauguraciones, eran los tiempos de “no hablemos de cuánto cuesta sino de cómo quedaré en la foto”. La única preocupación era el gasto corriente, como mucho. Así se montó todo este andamiaje que no sujetaba más que una operación combinada de maquillaje, pelotazo y propaganda barata.

Mientras tanto, la bicicleta se iba quedando marginada, perdiendo tácitamente algunos de sus derechos incuestionables y ganando un cierto descrédito entre peatones y automovilistas. Pero la guerra espacial se estaba ganando y eso era suficiente para demostrar el incremento de ciclistas en la calle. Eso y unas cuantas encuestas y conteos tendenciosos. Además estaba claro que con eso bastaba y, si no, se miraba de una manera visada a los altares nórdicos para importar ejemplos incuestionables.

Hablar de aparcamientos, hablar de enseñar a niños y mayores a andar en bici o a arreglarla, hablar de calmar el tráfico o de penalizar el uso del coche eran inconvenientes porque despistaban sobre el objetivo central de ganar más y más kilómetros y podían diferir algunas actuaciones o incomodar a algunos políticos benefactores, así que se procuraban mencionar lo menos posible. Valía más la pena hablar de cambiar todas las normas para tratar de reinterpretar el caos circulatorio que esas nuevas vías habían generado o enseñar a la gente a interpretar este nuevo orden.

Ahora que se han acabado los presupuestos astronómicos y las obras públicas galácticas y toda esa carrera espacial se está yendo al traste, después de haber provocado no pocos conflictos y demasiados accidentes con víctimas, la gente vuelve la vista a medidas más blandas y menos costosas. Curiosamente las mismas que se han empecinado durante unas buenas décadas en ignorar, cuando no en oponerse explícitamente. Reducir las velocidades de circulación, compartir espacios, fomentar la convivencia, replantear el asunto en la calzada, mejorar las posiciones ciclistas en la circulación…

Ahora quizá es un poco tarde. El desastre tiene unas proporciones monstruosas. Hay demasiadas chapuzas hechas. Sólo plantear desmantelarlas o parchearlas puede comprometer los exiguos presupuestos para la cosa de la bici durante un par de décadas más. Eso sin contar que no vamos a tener políticos valientes y técnicos razonables que sean capaces de jugarse el poco crédito que les queda haciendo este tipo de acciones contra activistas que se van a arrojar a la calle, al carril, como si les fuera la vida en ello.

De todas formas, no hay que perder la esperanza, aún vienen tiempos peores, más comprometidos, más críticos, más austeros, donde las oportunidades se contarán entre las propuestas que minimicen los costes y mejoren una atmósfera viciada, crispada e intolerante con fórmulas que cuenten con participación suficiente y el consenso de todos. Va a ser difícil, mucho más difícil después de estos tiempos desenfrenados que hemos sufrido, pero va a ser sin duda mucho más emocionante.

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