¿Peatones con ruedas? ¡No, gracias!

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (6 mayo 2012)

De un tiempo a esta parte, hay unos cuantos que se están encargando de repetir, confiando en que su pura insistencia sea suficiente para legitimar su discurso, aquello de que las bicicletas no son vehículos en sí mismos por una suerte de comparación interesada según la cual el hecho de carecer de carrocería y de motor, de no necesitar licencia ni seguro, de no desarrollar unas velocidades endiabladas y de no aportar peligrosidad en su entorno las descalifican como tales y las dejan a la altura de los peatones.

No es cuestión de recurrir a la ley para darse cuenta de que esto es poco menos que una aberración que, con la excusa del miedo a discreción, quiere justificar la invasión indiscriminada y normalizada de las plataformas peatonales como espacios naturales de circulación para las bicicletas y alegar la necesidad de contar con espacios de circulación exclusivos siempre separados del tráfico rodado.

El problema no sería más grave si los peatones fueran también vehículos y de lo que estaríamos hablando de distintas categorías de viales, como ocurre con las autopistas respecto a las carreteras, si no fuera porque esto no es así en absoluto. De hecho, catalogar a los peatones como agentes de tráfico es, más que una equivocación, una temeridad que pone en juego la habitabilidad de las ciudades y, dentro de ellas, de los espacios desrregulados de tráfico por excelencia que son las aceras y demás zonas peatonales.

De la capacidad de reconocer a los peatones como protagonistas indiscutibles de la vida urbana y de preservar  los espacios destinados a ellos y ampliarlos manteniendo la condición de que no se permita en ellos la circulación, ni siquiera a baja velocidad, dependerá el éxito en la construcción de ciudades más humanas y más amables.

Tratar de justificar a los ciclistas que aducen miedo al tráfico dándoles amparo en las aceras supone, además de atentar contra la naturaleza propia de estos espacios, eliminar la tranquilidad y el disfrute incondicional y aleatorio de los mismos por parte de las personas que pasean, que caminan o que simplemente están.

No más ciclistas a costa de la tranquilidad de los peatones

Lo que se nos olvida muchas veces cuando nos enfrascamos en las discusiones del miedo de los ciclistas y de la bondad intrínseca de la bicicleta es que la ciudad debería ser para las personas, para su disfrute, mucho más que para su circulación. Y lo que se nos escapa entre las manos es que, sacando a muchos ciclistas de la calzada, estamos preservando incondicionado el tráfico y estamos provocando dos efectos simultáneos:

  1. Estamos mejorando el tráfico motorizado en vez de empeorarlo, que debería ser un objetivo para disuadir del uso masivo, indiscriminado y ridículo del coche y las consecuencias que ello conlleva.
  2. Estamos discriminando a los ciclistas que siguen ejerciendo su derecho de circular en el tráfico.

Pero es que, además, cuantas más personas utilicen las bicicletas en la acera, más tarde y más difícilmente se producirá el efecto ralentizador y tranquilizador del tráfico que provoca la masa crítica ciclista. Ejemplos como el de Donostia, el de Sevilla, el de Valencia, el de Zaragoza o el de mi Pamplona natal deberían alertarnos sobre ello.

Los que promulgan la necesidad de circular en bici sólo por las aceras o por viales exclusivos, prometen que, dentro de unos años, cuando la utilización de las bicicletas sea masiva y el malestar peatonal sea insostenible, será el momento de conquistar la calzada demostrando que son acreedores a un viario propio y exclusivo y será el momento de apropiarse de un carril reservado a los coches para dárselo a ellos, los ciclistas buenos, y entonces será el momento de devolver las aceras a los peatones. Mientras tanto la invasión está justificada y los que no comulgan con esta cruzada, aunque también sean utilizadores de la bicicleta, se vuelven enemigos de la verdadera fe ciclista.

Realmente da terror presenciar las incursiones cada vez más frecuentes de un ejército de indolentes bienaventurados capaces de atacar a los más débiles desposeyéndoles de lo poco que han sido capaces de conquistar, en la misión de conseguir más adeptos a cualquier precio y con el argumento del temor de dios coche todopoderoso, por no atreverse a combatir a los que atentan contra ellos simplemente porque son más y más fuertes. Lo peor es que las huestes “cicleatonas” continúan batallando impunemente y utilizan las peores artes misionales en su ejercicio catecumenal, como son el erigirse víctimas por encima de los demás, el creerse los redentores de esta sociedad y el de utilizar las plegarias para justificar el “a dios rogando y con el mazo dando”.

Si no somos capaces de neutralizar pronto este movimiento que ya se está haciendo tendencia y que cree contar con derechos adquiridos, nos estaremos jugando, mucho más que la seguridad ciclista de nuestras ciudades, la tranquilidad de las personas que quieran caminar, pasear o pasar el rato en sus calles, plazas y parques. Y eso no tiene precio.


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