Tenemos un tesoro

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (26 oct. 2011)

Y estamos dispuestos a desbaratarlo. EPOMM, la plataforma europea para la gestión de la movilidad lo muestra claramente en su mapa de ciudades asociadas. Vitoria-Gasteiz, la única representante de este sur tan castizo y tan nuestro, tiene el mejor reparto modal de no motorizados de toda esa representación, entre la que se encuentra lo más granado de la vieja Europa. Amsterdam, Rotterdam, Utrech, Bruselas, Groningen, Malmö o Münster no le llegan a la suela del zapato y no es precisamente por los que pedalean, sino por los que gastan suela.

Son los peatones, nuestros queridos y nunca suficientemente valorados peatones los que marcan la diferencia. Lo recordaba hace algunos meses cuando afirmaba que ellos, los tan deseados centroeuropeos, no tienen peatones en sus ciudades inmaculadas, anodinas y con extrarradios interminables. Hoy las cifras y los repartos modales nos dan una imagen gráfica de esta realidad.

Una realidad que debe alertarnos sobre dos asuntos:

  • Uno, que somos unos privilegiados. Que si fuera al contrario tendríamos que estar soportando su suficiencia y nos veríamos abocados a aprender su maestría a la hora de hacer facilidades peatonales
  • Dos, que somos tan ignorantes, tan atrevidos y tan miserables que somos capaces de estar presenciando impávidos el vilipendio y la humillación de la masa crítica peatonal a base de intentar dar oportunidades a los ciclistas en el lugar equivocado, rivalizando con esa mayoría pedestre sólo porque nadie es capaz de cuestionar y limitar en serio el uso del coche en la ciudad.

Y lo peor del asunto es que somos tan estúpidos que, de la misma manera que nos lamentamos, envidiosos, de no haber tenido la valentía y  la visión estratégica de haber dado más oportunidades a la bicicleta en la configuración de nuestras ciudades, un día seremos capaces de criticar la desidia y la estulticia con la que se está arriconando a los caminantes a fuerza de privarlos de espacio, de libertad y de tranquilidad, con la inclusión de bicis, tranvías o cualquier otra modernidad en sus plataformas.

Lo más grave de todo este drama es que no despierta demasiada inquietud entre la ciudadanía y  no alarma en absoluto a los responsables de la cosa, obstinados en hacer toda suerte de inventos y ocurrencias por mejorar la cuota ciclista, que es lo que está de moda, por supuesto sin detrimento de la práctica motorizada. Y hay que contar entre dichos responsables tanto a los políticos, como a gran parte de la sociedad civil del ramo, felices con sus incrementos marginales y con estas vacas gordas después de tantos años de predicar en el desierto.

Mientras no seamos capaces de darnos cuenta de que en todo este turbio asunto de la movilidad sostenible, nuestro tesoro son los peatones, y no aprendamos a valorarlos suficientemente declarándolos especie protegida (igual que a los habitantes y a los comerciantes de la ciudad compacta), todo este juego de bicis, coches y transporte público puede ser mucho más obsceno, pernicioso e irreversible de lo que somos capaces de imaginar, que ya hemos dejado claro que es poco.

Dejarme que desconfíe de esta legión de incautos, miopes, agoreros y envidiosos que se han apropiado de la voluntad popular y han definido el bien común de acuerdo con sus vaguedades maximalistas y maniqueas, y que están sólo dispuestos a oir el eco de sus aplausos después de repetirse que esto va bien sin saber realmente cuál es el rumbo que siguen, mientras dilapidan fortunas, desperdician oportunidades y desprecian la riqueza que tienen.

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