Acera revuelta, ganancia de conductores

COPIADO DE Bicicletas, ciudades, viajes… (4 noviembre 2011)

Escribía el último artículo sobre la actitud de muchas personas que utilizan las aceras para circular en bicicleta de una manera desnaturalizada y prepotente, apoyadas en el consentimiento interesado de muchos (entre ellos los responsables de que el tráfico motorizado siga fluyendo con la mayor agilidad posible y los que quieren más bicis a cualquier precio) y en la impotencia de todos los demás. Y consideraba reprobable la falta de sensibilidad de muchos de ellos y las consecuencias del incremento masivo de este tipo de utilizadores de la bicicleta fuera de su espacio natural de juego. Creo que es necesario hacer un análisis más profundo del asunto visto el interés suscitado por el tema y las reacciones que ha provocado.

Pretender, como pretenden algunos, que la única manera segura de circular en bicicleta es separados del tráfico rodado es, además de una utopía, una irresponsabilidad y una desorientación sobre la naturaleza propia de la bicicleta como vehículo. Pero, más que eso, representa una ignorancia que atenta contra el fundamento del derecho a la movilidad y a la accesibilidad de las personas en la ciudad.

Considerar por otro lado que todos los conductores de automóviles son unos desconsiderados y unos violentos por el mero hecho de manejar un vehículo a motor es, además de injusto, absolutamente falso, ya que la mayoría de ellos son personas normales que además caminan y que cada vez más también utilizan la bicicleta aunque sea de una manera ocasional, y eso se nota.

Presumir, además, que las aceras son el lugar indicado para circular en bici a falta de una infraestructura específica y exclusiva atenta contra la seguridad de los más indefensos, con el mismo argumento que intenta justificar esta práctica, reproduciendo la misma lógica que les aparta de la carretera para infringirla en las aceras a los más débiles. Ejemplar. Pero es que esto tiene, además, una consecuencia de un calado mucho más profundo y es que se cambia la naturaleza de las aceras, paseos y zonas peatonales, que pasan de ser espacios más o menos desrregulados donde los caminantes pueden andar a su libre albedrío a convertirse en espacios de circulación con vehículos cuyas velocidades son en muchos casos realmente considerables.

Todo ello además de condicionar formidablemente el tránsito peatonal, que pierde la tranquilidad y la discrecionalidad en sus espacios, muchas veces exiguos, genera una crispación que es creciente cuantas más bicicletas concurren. Esto obliga en muchos casos a recurrir a cambios normativos en la utilización de estos espacios con pretendidas soluciones salomónicas que, además de resultar ineficaces y muchas veces incomprensibles, complican extraordinariamente la situación, agravándola, ya que otorgan un derecho a los ciclistas que muchas veces se malinterpreta como una prioridad.

Pretender, como pretenden algunos, que la convivencia entre peatones y ciclistas en las aceras es un mal necesario para tratar de convencer a los responsables de la ordenación urbana de la necesidad de habilitar espacios exclusivos para la circulación de bicicletas por todas las calles de la ciudad es, además de inviable, un despropósito monumental en el camino de construir ciudades más habitables, menos contaminadas y más amables. Agraviar a los más numerosos, a los más indefensos y a los más convenientes para este fin nunca puede ser el camino y menos el punto de partida.

Olvidarse además de que en las ciudades de estas latitudes la gente se desplaza mayoritariamente andando en sus tránsitos urbanos, es un desliz esencial en el que incurren muchos de los que reclaman esas redes exclusivas de viales ciclistas que lleguen a todos los rincones de las ciudades, imitando lo que hacen en otras latitudes, pero olvidándose de que allá arriba los desarrollos urbanísticos son muchísimo más dispersos y los desplazamientos peatonales son por ello marginales… y marginados.

Eso no quiere decir que los espacios reservados para la circulación ciclista no resuelvan algunos puntos críticos en determinadas condiciones de velocidad, densidad de tráfico o dificultad, pero de ahí a tratar de segregar por defecto a las bicicletas del resto del tráfico hay un salto cualitativo formidable.

Pero, lo peor de todo este asunto es que gracias a toda esta serie de despropósitos, derivas y enfrentamientos, el problema de los ciclistas se está trasladando de la calzada a las aceras y está salpicando injustamente a los peatones, dejando indemnes a los coches, causantes precisamente de los mayores males de la movilidad en la ciudad y de la inseguridad del resto de usuarios de las calles.

Así, con este panorama desquiciado y agravándose progresivamente, hemos diferido el tema central que aquejan nuestras ciudades que es la falta de espacios de calidad para disfrutarlos, seguros, tranquilos, vivos, agradables y saludables, porque se han destinado a la circulación y el aparcamiento de automóviles. Y esto ha ocurrido, entre otras cosas, por la dispersión urbanística y la deslocalización de las actividades, la especulación inmobiliaria y los intereses asociados a la industria del automóvil y al consumo de petróleo, que han promovido el uso desproporcionado del coche para desplazarse, lo que ha derivado en una preponderancia abusiva de este modo de transporte respecto del resto tanto en facilidades como en derechos.

O sea que, o volvemos la vista al tema central de intentar reducir el uso del coche en la ciudad o nos podremos perder en disquisiciones de miopes autojustificándose, rivalizando por espacios marginales en tesituras cada vez más enconadas y ridículas, empeorando lo que ya estaba mal por el puro ánimo de mantener nuestras posiciones… miserables.

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