La prepotencia de los ciclistas de acera

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (2 noviembre 2011)

Estamos presenciando en los últimos meses un proceso evolutivo entre los “ciclistas de acera” (también conocidos como “cicleatones”) en su actitud. Han dado un paso adelante, o una pedalada mejor dicho. Antes les valía con justificar su conducta arguyendo un miedo irracional (el miedo siempre lo es) al tráfico motorizado como fundamento para utilizar las plataformas peatonales como refugio de manera invariable y rehuir la calzada por temer su seguro deceso con tan sólo intentarlo. Hasta cierto punto justificable aunque sea de una manera subjetiva.

Ahora no. No les basta con eso. Esa etapa ya está superada y ahora, visto que además han ido ganando adeptos de manera importante ante la inoperancia de todos, ponen en tela de juicio la utilización de la calzada por los imprudentes que lo hacen y condenan como temerarios y casi incívicos a los que lo proponen como algo natural. Yo esto ya lo había “soñado” hace más de un año, en uno de los primeros artículos de este blog, pero está claro que la realidad supera cualquier imaginación por calenturienta que esta sea.

Ahora muchas de las personas que se atribuyen el derecho civil de preservar su integridad atentando contra la de los demás lo hacen además con chulería, aunque la ley no les asista y lo que condenen sea precisamente lo que prescribe la ley. A saber: que la bicicleta es un vehículo y su espacio de circulación por defecto es la calzada y que tiene prohibido circular bajo ninguna circunstancia por la acera.

Me gustaría pensar que este movimiento es una especie de insumisión ante una ley tan estúpida, por darle algún valor al asunto, otra faceta de la indignación colectiva que es tan caprichosa en sus reivindicaciones, pero me temo que no va a ser eso, sino más bien una variante de conformismo adulterado de la incuestionabilidad y la invulnerabilidad del tráfico motorizado como garante del bienestar en las ciudades a través de la ubicuidad que proporciona la movilidad compulsiva, en coche, por supuesto.

Sin embargo me temo que va más allá y que esto no es lo más llamativo de este grupo de practicantes. Lo más sorprendente es que sus argumentos no se fundamentan en datos reales sobre la siniestralidad de los “ciclistas de calzada” (pensé que nunca iba a tener que utilizar semejante término redundante). De hecho, las estadísticas nos dicen que la inmensa mayoría de los accidentes graves o mortales que se producen en la ciudad en los que se ven involucrados ciclistas tienen su origen precisamente en la práctica del ciclismo de acera, fundamentalmente en sus intersecciones con el tráfico rodado, pero estos datos, tan reales como la muerte misma, no deben parecerles suficientemente creíbles y los niegan por pasiva que es la peor de las negaciones.

No sé a dónde llegará su atrevimiento y su insolencia intimidando peatones por preservar su integridad y comprometiendo la tranquilidad y la seguridad de los viandantes, pero me temo que cuentan con el beneplácito del imperio automovilístico y esos van a utilizar a esta masa crítica para consolidar sus posiciones exclusivistas en la calzada.

De hecho, ya se ha empezado a notar también, y creo que no es una casualidad, un cambio de actitud de muchos conductores de automóviles que ahora han subido el tono de sus increpaciones y no les tiembla tanto el pulso para pegar un buen bocinazo y el consecuente acelerón con su correspondiente aspavientos.

Más vale que ahora que los colectivos ciclistas (los mismos que tan sólo hace unos meses aplaudían la pretensión de permitir de manera universal a los ciclistas circular por las aceras) han reconocido la gravedad del problema después de haberlo promovido,y confiemos en que marquen como una línea principal dentro de su plan estratégico el tema de resolver esta cuestión y empezar a atajar a este tipo de “kamikafres a pedales”, aunque sólo sea porque va a llegar un momento, si no, que ellos van a ser más numerosos que los “antiguos ciclistas” (dios mío qué me está pasando) y van a poder contrarrestar sus argumentos con números, como algún ayuntamiento lo hace con sus kilómetros de “carril loquesea” o con sus usos de “bicis públicitas”.

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