Desempolvando las trincheras

Llega un nuevo curso, una nueva temporada. Todo el mundo consume sus últimos suspiros para tratar de volver a sus peleas rutinarias con algo de aliento. Es la vuelta a la batalla, a la guerra. Ya está aquí otra vez. Las posiciones están tomadas, las plazas reservadas, en el mismo sitio donde las dejamos antes del verano, en las mismas condiciones. Vuelve el curso, la jornada, la rutina, la repetición, el bombardeo. Algunos optimistas llegan con buenos propósitos, otros simplemente con propuestas reincidentes, los menos con promesas bienaventuradas conscientes de que se van a quedar en eso.

Esto es una gran rueda que gira, y da una vuelta más, inexorablemente. Repasando los asuntos relativos a la bicicleta creo que conviene recordar el fiasco terrible de la Dirección General de Tráfico española en su intento de meter mano en la ordenación del tráfico dentro de las ciudades para presuntamente impulsar el uso de la bicicleta como medio concurrente y prioritario de locomoción, a costa de limitar la velocidad del tráfico motorizado a 30 kms/hora en las calles de un carril por sentido. ¿Demasiado bombo y platillo para anunciar semejante puchero de agua de borrajas?

En la escena local veo que la asociación testimonial de mi pueblo vuelve a la carga con sus cursos exclusivos y minoritarios para aprender a andar en bici. La misma asociación que se atrevió a felicitar a la desparecida Area de Movilidad de esta ciudad por la habilitación de un modelo de carril bici que ha resultado desgraciadamente funesto. La misma que se atrevió a echarse la manta a la cabeza y defender, incluso después del fatal accidente de una señora, la necesidad ineludible de contar con estas infraestructuras como símbolo inequívoco de progreso. La misma que, después de que el Ayuntamiento se desdijera de su negativa inicial a modificar el diseño de esta ratonera, tuvo la osadía de retratarse al pie de esa precisa calle ilustrando su compromiso con la población de aquí, como ciudadanos consecuentes. Atrincherados en el carril bici, satisfechos, orgullosos, provocadores, insolentes. En el mismo tramo donde no se ha hecho nada. Ni se hará.

En el resto del país seguimos creyendo todavía que la fórmula “carril bici pública” sigue siendo el único camino posible, y seguimos olvidándonos de colegios, institutos, centros de trabajo, centros de ocio, complejos hospitalarios y demás. Nos olvidamos también del problema de los aparcamientos de calidad, de las consecuencias nefastas del incremento exponencial de los robos de bicicletas en nuestras ciudades.

Nos olvidamos del feo asunto de la obesidad, de las enfermedades cardiovasculares, de las complicaciones respiratorias y de la creciente incidencia de los daños mentales, frutos de un fomento del sedentarismo, del individualismo, del “autismo”, del consumismo, de la competitividad desaforada, de la pasivización de la ciudadanía, de la idiotización progresiva de la gente.

Y mientras tanto los niños engordando, con las mochilas cada vez más cargadas, con más tareas para tenerlos atados en casa, con más actividades programadas en agendas interminables e incomprensibles. Acosados, perseguidos, vigilados, presionados. ¿Cuántos de estos formarán parte de ese prometido pelotón de 1 millón más de ciclistas para 2015?

¿Es como para estar satisfechos y pasivos? Quizá. Para muchos de nosotros es suficiente para volver a la carga. Así pues, desenterramos otra vez el hacha de guerra, nos armamos de paciencia y, remangados, nos volvemos a ver en la arena, en la calle, en el campo de batalla, en la bici.

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