Viva la Pepa

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes (17 septiembre 2011)

Estamos a punto de sumergirnos en la celebración colectiva de la movilidad. Durante toda una semana tendremos la oportunidad de presenciar y participar en toda una serie de escenificaciones más o menos ingeniosas, la mayoría simplemente ingenuas, en las que podremos hacer una demostración gratuita de buenos propósitos cuyo objetivo no es más que ese: la pura representación.

Lo que pasa inadvertido a la inmensa mayoría emocionada es que todo este circo tiene gato encerrado. Y es que el propio término de movilidad conlleva la asunción necesaria e ineludible de tener que moverse para todo como condición de partida, y es ahí donde todo el asunto de la sostenibilidad (otro término obsceno por definición) hace aguas. Mientras no cuestionemos esto, que hemos aceptado alegremente como axioma, no nos podremos dar cuenta de cómo podremos resolverlo (si es que de verdad queremos hacerlo). Es la promoción de la movilidad la que nos ha dejado como estamos y nos ha condionado el futuro. Y es precisamente el ejercicio masivo y compulsivo de la movilidad, la llamada “hipermovilidad”, la que nos tiene atenazados, obnubilados, moviéndonos de un lado para otro como gallinas descabezadas.

Y es que, hasta que no cambiemos la perspectiva y prioricemos en la proximidad y en la accesibilidad como objetivos deseables, esto no va a ser más que un juego perverso. Un juego en el que nosotros somos meros espectadores, y en el que cuestiones como el compromiso con el clima, la revitalización de las ciudades, la mejora en la seguridad vial, el ahorro energético, la disminución de la contaminación, la recuperación de espacios públicos para su disfrute colectivo, el impulso del comercio local, en definitiva, la reconfiguración de las ciudades, son tareas reservadas para expertos, para técnicos, para gobiernos y para los poderes fácticos.

Para este juego no nos quieren, para eso no nos necesitan y para eso tienen los 358 días restantes del año. Sin molestas intromisiones de los civiles sin cualificar, o de los cualificados que no han sido invitados. Es entonces cuando se corta el bacalao, es entonces cuando se hacen los grandes proyectos, es entonces cuando se deciden los usos del suelo, las expansiones urbanísticas, las reurbanizaciones, con sus recalificaciones y sus apaños. Entonces los procesos de participación, las exposiciones públicas y la opinión pública no son sino inconvenientes que no hacen más que ralentizar la ejecución y diferir el beneficio, que cuanto más pingüe sea, mejor.

No es que haya que condenar la cosa. Es más bien que hace falta constatar que esto es un paripé masivo con pretensiones de universal o cuando menos planetario. Por lo demás, que viva la Pepa (o la Virgen de Guadalupe), pero que no viva tan lejos, por favor.

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