Tener miedo al miedo

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (28 enero 2011)

¿Redundante? Un poco quizás. El asunto es analizar el terrible poder del miedo y no asustarse en el intento.

El poder del miedo es incalculable. El poder del miedo para cambiar las percepciones, las cosas, para tergiversarlo todo, para condicionar las decisiones, para imponer modelos de pretendida protección y seguridad. El miedo es la herramienta más poderosa con que cuentan los que intentan intervenir en esta sociedad global, deslocalizada, mediatizada y mediática. Miedo. Sin más. Un miedo masivo y masificado. Un miedo interesado. Un miedo con el que se especula. Un miedo que sirve para enriquecerse. Un miedo que paraliza y que nos hace dependientes de una protección que nos ofrece precisamente el mismo que previamente nos lo ha inoculado.

Esto es lo terrorífico. El miedo ha producido los principales vicios y enfermedades de nuestra sociedad actual y ha montado todo un sistema para contrarrestarlos.

Hablando de bicicletas el miedo presenta varias caras:

  • Por un lado está el miedo al tráfico. Ese gracias al cual se ha podido articular la lógica de las vías protegidas para los que quieran circular en bicicleta, eso sí, con casco, chaleco reflectante, luces y timbre. Hasta tal extremo, que parece descabellado proponer la circulación de bicicletas de otro modo.
  • Por otro lado está el miedo al robo y en general al crimen. Organizado o sin organizar. El miedo al robo que nos hace justificar la implementación de complicados sistemas de intercambio de bicicletas con la excusa de que transferimos el problema para que éste sea gestionado por un servicio público privatizado. El mismo que argumenta los seguros, los registros y las licencias.
  • Tenemos también el miedo al ridículo. El miedo a no ser alguien o a no representarlo. El miedo a no responder a las expectativas que creemos que debemos ofrecer a los demás y que montados en una bicicleta igual no nos creemos capaces de alcanzar.
  • El miedo a que los niños anden solos por la calle. Niños y menos niños. El miedo a la calle como espacio desprotegido, imprevisible, que nos hace vulnerables y nos obliga a relacionarnos… con cualquiera.
  • El miedo a cambiar las cosas, o simplemente a dudar de las que están establecidas o de las que por pura repetición se han ido consolidando como las únicas alternativas posibles.

Este es el miedo que da miedo. Un miedo que nos atenaza y nos acobarda. Que nos limita. Que nos hace desconfiados y temerosos. Que nos recluye en espacios cerrados, protegidos, exclusivos. Que nos hace dependientes e impotentes. Que nos aisla y nos atomiza. Que nos dispersa y nos hace espectadores.

Este es el miedo que hay que combatir.

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