¿Calzada o carril-bici?

Me asfixia ver a los ciclistas circulando por vías obligatorias y tan estrechas que acaban estrangulando a la bicicleta como medio de transporte competitivo y eficaz. Más si cabe cuando se ha promocionado el uso de la bici a través de infraestructuras estrechas como para dar cabida a un número creciente de ciclistas, agravando todavía aún más la circulación ciclista y, por supuesto, la de los peatones.

Las asociaciones ciclistas, partidos políticos y ayuntamientos que apuestan por políticas sobre la bici basadas en estas infraestructuras, sin embargo, se muestran orgullosas en público de estos desastres peligrosos sin sentirse culpables, en ningún momento, de lanzar a ciclistas novatos a situaciones peligrosas con la ilusión de seguridad que pude acabar fácilmente en su muerte o lesiones (ANDY CLINE, Carbon Trace, 24 de febrero de 2011).

Las anomalías, molestias y peligros de los carriles-bici urbanos se agravan cuanto mayor es la velocidad del ciclista, pues necesita una zona de incertidumbre más grande que la delimitada físicamente por estas vías, los obstáculos que las rodean y el espacio de los demás usuarios, vehículos y peatones. El incremento de la densidad de ciclistas circulando por estas infraestructuras también agrava los riesgos de accidente citados. Lamentablemente, la mayoría de estas vías no tienen señalización de límite de velocidad y, ninguna de ellas, de densidad máxima de ciclistas en circulación. El desconocimiento por parte de los ciclistas de los riesgos reales debidos a las características que tienen estas infraestructuras, y la interpretación de que son infraestructuras protectoras les hace comportarse de forma arriesgada circulando a velocidades mayores de las que serían seguras (1). Sin embargo, resulta paradójico que se lleven a cabo políticas de promoción de la bicicleta a través de estas estrechas infraestructuras que se saturarían rápidamente con una circulación masiva de ciclistas, máxime en el caso de ser bidireccionales.

(1) Este mecanismo psicológico de adaptación del comportamiento al riesgo percibido se denomina “compensación del riesgo”.

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