No quiero dar la razón a los automovilistas, ni a los peatones…

COPIADO DE: Bicicletas, ciudades, viajes… (20 febrero 2011)

Pero no me queda otro remedio. A base de sacar las cosas de quicio voy a acabar sorprendiéndome de las posiciones que hay que acabar tomando en lo que en principio era una tarea sencilla: defender los derechos y los intereses de las personas que quieren utilizar la bicicleta como medio de locomoción.

Hablo del “notición” que ha producido la DGT al anunciar que van a permitir circular a las bicicletas por las aceras de más de 3 metros. La chispa ha encontrado explosivo y ha servido de detonante de una bomba cuya onda expansiva sólo ha mostrado un atisbo de su potencia.

El problema es que muchos defensores de la bici, la mayoría, lo han recibido con regocijo, como una conquista histórica, sin reparar en las consecuencias que esto puede conllevar para ellos y para sus conciudadanos. Ninguna voz responsable y representativa desde el mundillo ciclista ha salido al paso para criticar este despropósito y devolver un poco de juicio y sentido común. No. Están callados. No hay mayor tirano que el que siempre se ha sentido sometido.

El caso es que los que sí han salido al paso de esta propuesta han sido peatones y automovilistas.

Los peatones, representados por Andando, creen que la normativa que prepara la DGT es “totalmente ambigua y terminará fomentando un uso generalizado de las bicicletas en el conjunto de las aceras por parte de un nuevo colectivo ciclista con miedo a circular por las calzadas”. Por ello, considera que sólo debe permitirse la circulación de bicicletas por zonas compartidas con los peatones en casos muy concretos “que deberían ser en todo caso excepciones”.

Los automovilistas, dueños y señores del tráfico y teóricamente interesados en “quitarse estorbos” de la carretera, sin embargo nos sorprenden y, en vez de quedarse callados ante semejante oportunidad, prefieren hacer declaraciones. Así la portavoz Comisariado Europeo del Automóvil (CEA) denuncia que permitir bicis por la acera “traslada inseguridad al peatón”. Impecable. También el RACC, ese gran club de automovilistas, sale al paso de la noticia declarando que esta “no es la dirección correcta, se está intentando dar cobertura legal a una práctica que no es la ideal”. Aunque luego lo estropea aclarando que “lo ideal es que haya carriles bici, que las bicis no estén cerca de los coches, porque hay unos riesgos evidentes de atropellos y de lesiones graves para los ciclistas y que no estén en los espacios reservados a los peatones porque hay gente mayor, hay niños y acabará habiendo conflictos”. En su opinión, las bicis tienen que “bajar a la calzada. Hay que hacer carriles bici segregados”. Parecen asociaciones pro-carril bici. Demencial.

Si estos son los “enemigos” de los ciclistas… ¿para qué queremos amigos como la DGT?

Voy a acabar creyendo que los verdareros enemigos de los que quieren andar en bici son los que quieren que la gente ande en bici por decreto, por ley y de acuerdo a unas lógicas totalmente artificiosas.
¿Convivencia o reglamentación?

Esta es la cuestión. La bicicleta, pese a llevar más de 100 años con nosotros, debe ser todavía menor de edad, ya que hay que regularla, supervisarla, reglamentarla, porque sola parece que no sabría desenvolverse. Es una responsabilidad de todos, los mayores, velar por la seguridad de las personas que la usan, como si fueran inútiles o incapaces de tomar las decisiones correctas por el solo hecho de atreverse montarlas. Y así algo que era totalmente natural, andar en bici, se está convirtiendo en la práctica más antinatural, extraña y difícil que se conoce.

Cuando hace tan solo 5 años alguien quería coger una bici para dar una vuelta, lo hacía y punto. No pasaba nada.  Si sabía iba por la calle, por la calzada, si no hacía sus pruebas. Todos, absolutamente todos, utlizábamos en algún momento las aceras y otros espacios peatonales, pese a saber que no estaba permitido (salvo si eras un chiquillo). Se hacía con el cuidado que tiene cualquier transgresor que sabe que le pueden llamar la atención. Y así se lograba el difícil equilibrio de la convivencia. A través del entendimiento en los distintos escenarios. Algo que se sabía frágil, que había que cuidar, que había que ganarse en cada maniobra, en cada trayecto, con cada gesto. Era una actitud. Y funcionaba.

Algo ha pasado en los últimos años que nos ha vuelto más quisquillosos, más irresponsables, más necios o más insolentes. Algo que nos hace ver peligros y enemigos donde antes no había más que un espacio común y personas, más o menos razonables, desplazándose por él. Algo que ha hecho que la convivencia, el respeto, el sentido común, las reglas sociales no escritas, la empatía o la dignidad no sirvan para relacionarse. Algo que nos obliga a entendernos sólo a través de leyes, reglamentos, ordenanzas y decretos, que resolvemos con denuncias, sanciones, multas, resoluciones o sentencias.


¿Cómo hemos llegado a esta situación?

Da pena recordarlo, pero ahora me viene a la memoria la consigna que utilizábamos hace 15 años, cuando esto del ciclismo urbano estaba mucho más en mantillas que ahora: “CONVIVIR Y CIRCULAR”. Menudo disparate.

¿O es que acaso nos estamos inventando los problemas? ¿O los estamos sobredimensionando?

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